Nos despertábamos hace unos días con la noticia de que la empresa americana Google planea crear un servicio de reparto basado en drones. Este tipo de proyectos, cada vez más habituales hacen necesario replantearse el uso del espacio público y preparar un plan serio sobre cómo regular el uso de estos aparatos.

Cada vez es mayor el número de españoles que han comprado un drone. Cuando hablamos de un drone, nos estamos refiriendo en concreto a lo que es conocido como un drone volador. Conviene tenerlo claro, pues hay también drones que se desplazan sobre ruedas y de otros tipos. De hecho, la robótica está cada vez más presente en nuestras vidas, y muchos de estos aparatos se venden incluso como juguetes. En muchas ocasiones me resulta difícil saber si debo usar la palabra “drone” o “robot” para referirme a uno de ellos. Sobre los aparatos (drones) no voladores, los dejaremos aparte en lo que se refiere a la intención de este artículo.

Un drone volador es relativamente económico y prácticamente cualquier ciudadano se puede permitir la compra de uno. Hay muchos modelos diferentes, que van desde aparatos sencillos pensados para el uso personal, a drones profesionales con capacidades realmente impresionantes.

Los precios han bajado muchísimo en los últimos meses. Y es evidente que de una forma u otra los drones van a ocupar un espacio importante en el tráfico aéreo español. El plan de Google de crear un proyecto de reparto basado en drones no es ninguna novedad. El primero en mostrar esa intención fue el gigante del comercio electrónico Amazon.

Y tiene mucho sentido. Los drones voladores son económicos, se dirigen a distancia y pueden suponer un importante ahorro de costes al repartir mercancía ligera. A día de hoy su principal handicap es su poca autonomía y el peso limitado que es capaz de transportar un drone. Pero esto son limitaciones técnicas que sin dudas se superarán en los próximos años. Como diría Daniel Lacalle, “Nunca apuestes contra el ingenio humano”.

Las ventajas de los drones son evidentes: automatización. Gestionar una flota de robots voladores automatizados que repartan las mercancías aliviaría uno de los cuellos de botella del ecommerce: los costes y tiempos del reparto.

Otra ventaja que veo a nivel particular es el ahorro en combustibles fósiles. Un repartidor se desplaza en un vehículo que quema gasolina o gasoil. Más polución y gasto energético de energías sucias. Mientras que un drone funciona con electricidad, y lo más lógico sería que se carguen sus baterías a partir de fuentes de energía renovables, con electricidad generada en el propio almacén de distribución.

Además de que en teoría los drones voladores se dirigirán el línea recta al destino del reparto, mientras que los servicios de reparto por carretera malgastan muchos kilómetros de recorrido simplemente por la distribución de las carreteras y el tráfico rodado.

En resumen, la moda de los drones no es una moda. Es un importante avance tecnológico y como tal veremos cada día más drones sobrevolando nuestros cielos. No sólo por aquellos particulares que compren un drone, sino principalmente por su uso a nivel empresarial.

Esto requiere plantear una estrategia y una legislación acorde a su previsible uso futuro. Esperamos que desde el ámbito político se promueva su uso y se facilite la llegada de esta tecnología. Serán necesarios un importante debate, tanto a nivel político como a nivel de expertos en la materia de logística, transporte, drones y robótica. No nos servirá legislar para el uso actual, sino que los políticos involucrados deberán estar bien asesorados por expertos en la materia que les ayuden a visualizar un futuro en que los drones son parte de nuestro día a día.

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